—Mamá ya estamos aquí. —dije a mi madre desde la cabina de un centro de comunicaciones (locutorio).
—¿Aquí dónde? —respondió desinteresada, pensando que era una de mis bromas.
—En Guárico pues.
—Ustedes son una vaina. —en tono más serio.
—No te preocupes que mañana vamos, adiós. —colgué rápido sin darle tiempo a un regaño, encima no tenía más dinero para alargar la llamada.
Después de un largo viaje en bus, donde el equipaje menos rara era un par de gallos de peleas, habíamos llegado por fin a Valle de la Pascua, Guárico. Una ciudad en la que no se nos había perdido nada y que de no ser por esa chica que había conocido unos meses antes no tendría el menor interés en conocer, a pesar que siempre me llamó la atención el llano venezolano.
Mi hermano y mi primo me miraban como si yo supiera qué hacer; estaban ahí por mi culpa y obviamente no podía parecer que improvisaba. Tenía que aparentar seguridad.
La persona que fui a visitar vivía frente a un colegio de monjas, ignoraba cuántos habían. Su nombre y su dirección era el único dato que tenía. Y sí, esta era una de esas locuras que hace un adolescente cuando considera que está enamorado, no sería yo la excepción.
Pudimos negociar con un taxista para que nos llevara al lugar. Viniendo de Margarita no me pareció tan caro y menos siendo mi primo quien lo pagase. Era mayor de edad y por lo tanto el único de los tres que trabajaba. Fue también al que más costó convencer para hacer el viaje. No quería líos con mi mamá ni con la suya.
Subimos a un destartalado Chevrolet Malibú que me cuesta describir, pues el color de las puertas delanteras no era el mismo de las trasera ni del resto del carro. No nos pareció extraño, en Venezuela suelen haber varios de ese tipo, los que se arman con piezas de otros, solo que allí la gran mayoría eran así.
Luego de cinco minutos ya estábamos en el lugar indicado. Fuera de la casa nos esperaba mi amiga con su familia. La bienvenida fue como si nos conocieran de toda la vida, no sé qué les contó y les agradecimos el gesto.
—Así que ustedes son los margariteños. Bienvenidos a La Pascua. —nos recibió su madre con un abrazo.
—Sí, señora. Muchas gracias. —agradecí el detalle viniendo de una desconocida.
—¿Es la primera vez no? —preguntó.
—Sí, mamá. —respondió Elena, mi amiga. —ya los llevo al centro a que conozcan porque se van mañana.
—¿Tan rápido? Bueno espero que les guste. Es pequeño, pero bonito.
Agradecimos y mi amiga nos hizo un gesto para marcharnos. Andamos cerca de 15 minutos y enseguida estábamos en el centro de la ciudad. Después de recorrer ese trayecto reparé en que pudimos ahorrarnos el taxi. Qué íbamos a saber si en ese entonces no existía Google Maps, ni siquiera teníamos móviles.
Llegando a la plaza Bolívar una chica nos saluda de lejos, más bien a Elena. Era una amiga suya que nos acompañaría en el trayecto. Se notaba que conocía más la ciudad que ella.
La madre de Elena tenía razón y al cabo de un par de horas ya habíamos conocido los sitios de interés de la ciudad y se empezaba hacer de noche. Habíamos llegado sobre las 16.
—¿Dónde se van a hospedar? —preguntó Oriana, la amiga de Elena.
Mis dos compañeros me miraron y no supe qué decir, la pregunta me había tomado por sorpresa. Pensaba que mi amiga me “rescataría” respondiendo “en mi casa”, pero ese momento nunca llegó.
—En un hotel. —le dije por salir del paso.
—¿En cuál? —prosiguió.
—En ese. —señalé, sin tener idea de precio, al edificio que se erigía frente a nosotros.
—¡Ah El Triunfo!, es nuevo no lo conozco.
—Ya te contaremos qué tal.
—No, pero si quieren los acompañamos un rato, aunque tenemos que hacer unas cosas ahora podemos volver en una hora.
—Perfecto, nos vemos en la recepción.
Las chicas se marcharon y José, mi primo, me golpea en la cabeza.
—¿Tu eres loco?, ¿de dónde vamos a sacar para pagar esa habitación si apenas tenemos para irnos mañana? —me reprocha.
—Habrá que buscar una casa de empeño para ver lo que nos dan por esa cadena de oro que tienes. —dije en tono burlesco.
—Que es falsa, no ves que se está oxidando por aquí. —responde mientras muestra uno de los eslabones corroídos.
—¡Mierda, estamos jodidos!
—¿Y ese reloj Nike que tienes? —preguntó mi hermano, quien en todo el día Nia hablado.
—Marico al llegar a Margarita yo te lo pago. —prometí.
—¿Seguro? —cuestionó mi primo de forma indecisa.
—De pana, te lo juro. —reafirmé mi promesa, en vano obviamente.
Después de preguntar y andar unos minutos llegamos a una tienda de empeños, donde al parecer quien atendía no tenía mucha idea de relojes porque mi primo al salir de la tienda confesó que era falso, así que encima salió ganando.
Lo que nos dieron en la tienda alcanzó para pagar la noche en el hotel y comprar un par de pizzas que luego compartiríamos con las chicas en la habitación viendo una peli, antes de despedirnos de ellas para siempre, pues nunca más volvimos a tener contacto, salvo por algunos correos que intercambiamos durante unos meses al volver a Margarita.
De regreso a Puerto La Cruz, donde nos esperaba mi madre, no dejaba de pensar en lo atrevido que fuimos. Quizás en la actualidad, 25 años después, ese viaje sería impensable por los trámites burocráticos para que los menores viajen sin sus padres. En esa ocasión bastó con que uno de nosotros fuese mayor de edad y que su palabra justificase un parentesco. Expresos Nazareno, se llamaba la línea de autobuses.