María Eugenia no paraba de llorar mientras sostenía las manos de Vicente. Aquella escena de la barra del bar me tomó por sorpresa al volverme de la máquina de café donde preparaba un cortado. De no ser porque le conocía habría pensado que la agredió. Tantos días de súplicas dieron su resultado y esta vez no para bien, así lo demostraba el llanto de esa mujer que al poco tiempo se fue corriendo como si hubiera visto a un fantasma… O escuchado.
Después de varios días de enterarse que Vicente era un clarividente, María puso en duda la habilidad de aquel señor canoso de unos 50 años; fue entonces cuando empezó a rogarle para que le demostrara que no era un charlatán. Él no tenía la necesidad de hacerlo, por el contrario era tímido y desconocía cómo tanto los empleados como los clientes del bar sabían de su condición.
Aquella tarde fue diferente. Quizás el hecho de que el jefe decidió invitarle un café bombón (única bebida que tomaba) o la testarudez de la chica, hicieron que el hombre actuara. Me contaron que su sonrisa perenne y mirada risueña desaparecieron, la tomó de las manos y le dijo algo al oído que nadie escuchó, ya fuera por el ruido de la música de fondo o porque apenas lo susurró. Lo cierto es que la palidez se apoderó del semblante de la mujer e inmediatamente dos lagrimones recorrieron su cara temblando con la mirada perdida, precediendo a la escena que luego presencié.
Ella era clienta fija del local, venía casi todos los días, pero después de aquello volvió apenada una semana después. Me contó que le costó asimilar lo que escuchó la otra tarde.
—Susurró exactamente las últimas palabras que dijo mi padre antes de morir—contó María con los ojos aguados.—Me sorprendió porque me lo dijo al oído solo a mí, como lo hizo Vicente.
No supe cómo reaccionar y solo pude soltar un »vaya», y continué con mis funciones de camarero. Se la veía afectada, pero después me aclaró que era muy pegada con su padre y que la experiencia la había acercado a él. No entendí qué quiso decir, solo asentí sin investigar más.
Vicente trabajaba de camarero en un »picadero» de la calle Espoz y Mina de Madrid. Esos sitios que es alquilan por horas para follar, ya sea con tu pareja, amante o si te pillabas un calentón con alguien que acabas de conocer en un garito del centro. Ese era el público que más frecuentaba, según él.
En frente estaba el bar donde yo hacía también de barman, el sitio donde le conocí un mediodía de abril.
—Un café bombón por favor—me ordenó.
—¿Un café qué?—pregunté curioso de si aquello sería una broma. Nunca había oído hablar de dicha bebida.
—Hombre un café con un chorro de leche condensada, mucha leche condensada—sonrió mientras afloraban las arrugas de sus ojos.
Después de aquel día hablamos con mucha frecuencia, sobretodo de lo variopinto que eran los clientes que iban a su »picadero». Nunca le pregunté sobre su vida ni mucho menos si poseía un don, hasta que Richard, el otro empleado del bar, lo dijo. La verdad le sorprendió que yo no lo supiera porque al parecer todos habían sido consultados por él al menos una vez.
Desde ese momento sentí curiosidad por cómo sería la experiencia y si de verdad alguien podía ver tu pasado y futuro. Como yo era tímido y sabían que nunca le diría nada, una tarde Richard le convidó a que me dijera algo de mi vida, pero el se negó alegando que no podía irrumpir en mi intimidad; sin embargo, vi la oportunidad y le interrumpí.
—Solo me gustaría saber una cosa: ¿viviré de la música?—le pregunté entre risas.
—Dame tu mano.—me convidó con un gesto amable y la palma hacía arriba.
Al principio dudé, porque como todo el mundo tenía secretos que no quería que nadie supiera y creo que él era consciente porque al notarme inseguro insistió, esta vez agachando la mirada, gesto que me sugirió discreción y por el que acabé posando mi mano sobre la suya.
—Mírame.—Sugirió al mismo tiempo que tomaba mi otra mano.
—Vale vale.—Contesté nervioso sin sentir ninguna energía especial.
—Shhh.
Luego de unos segundos un »ya está» salió de su boca. Soltó mis manos y volvió a sonreír.
—La música va a estar presente durante toda tu vida y vivirás un tiempo de ella, pero no para siempre. Viajarás mucho y vi que estás escribiendo un libro, de eso vivirlas en el futuro, acábalo y verás.—Respondió luego de soltarme y darle un sorbo a su café.
Mentiría si dijera que no me sorprendió. Había coqueteado con la música desde siempre, pero desde que me mudé a España no había recibido ningún ingreso por ella y tuve la curiosidad de saber si eso cambiaría. La respuesta de ese señor me daba tranquilidad a medias; por otra parte, no recordaba aquel libro olvidado en un disco duro que comencé hace algunos años sobre un soldado que iba a la guerra y era incapaz de disparar. Se refería a ese o a otro de los tantos que morían apenas en la primera página. Nunca lo sabré hasta que no escriba mi primer libro, pero al menos acertó con lo del viaje porque un par de meses después comencé a viajar por el país con una orquesta, eso sí, no sin antes conocer a otro personaje como lo fue el señor De la osa, quien me motivó a dedicarme a lo que de verdad me apasionaba.
Ahora la pregunta que me hago es: ¿cuándo vencerá ese »plazo» que me dijo Vicente hace 11 años?, la respuesta no la sé ni la quiero saber, desde hace tiempo he aprendido, o al menos lo pongo en práctica con frecuencia, a vivir en el presente y disfrutar de él. Lo que me dijo ese día no deja de rondar mi cabeza, pero tampoco me quita el sueño porque mis objetivos actuales cambiaron y seguirán cambiando.
Un día renuncié al restaurante y al dueño no le hizo mucha gracia, tanto así que por no querer pagarme acabamos mal y me exigió »no volver por ahí», cosa que hice al pie de la letra y por lo tanto perdí el contacto con todos los que conocí en ese lugar, incluyendo a Vicente. No sé si siga trabajado en el mismo sitio, pero prometo indagar sin necesidad de hacer uso del »picadero», bueno ya veremos…