Cuánto amor debe poseer alguien para entregar todo incondicionalmente a personas que no llevan su sangre. Esto solo lo justifica un corazón enorme, con valores y principios forjados en una era que ahora mismo no existe. Hablo de un hombre que nació hace mas de 100 años y al que tuve el placer de llamar abuelo, no por acoger a mi padre como su hijo legítimo, sino por todo lo que me enseñó y me sigue enseñando a día de hoy, a pesar que cambió de plano hace casi 10 años.
Cuando pienso en la primera imagen consciente que tengo de él rememoro a un señor trajeado, de punta el blanco como se diría coloquialmente, sentado en un sillón de piel en su oficina del centro de Caracas. Me recuerdo sentado jugando con una de las tantas muestras de la mercancía que importaba (grifería, instrumentos musicales, tuberías PVC, etc.), rodeado por una biblioteca llena de libros de vaqueros -su género favorito-, carpetas y un escritorio secundario con un par de maquinas de escribir.
Casi todos las vacaciones del colegio solíamos ir a Caracas a visitarlo. Aún conservamos álbumes de fotos como testigos de los paseos al Parque del Este, el Museo de los niños o algún circo que estuviera de paso por la ciudad. Para mí la que más recuerdo es donde salimos él, mi papá, mi mamá, mi hermano Javier y yo; mi hermana Jessica no había nacido.
Las veces que iba a Margarita de visita siempre, salvo por una vez que al despegar el avión la bolsa en el suelo que lo contenía se fue al último asiento, nos llevaba maní garrapiñado y salado, gomitas y pistacho. Lo compraba en una confitería de la Avenida Baralt. Una vez que me mudé Caracas era inevitable recordarle al pasar frente a la tienda, pues estaba a unas pocas calles del apartamento.
Jamás olvidaré cuando con seis años me ‘’enseñó a nada’’ quitándome de las manos la tabla que evitaba que me hundiera y me dijo que podía flotar; ha sido quizá la lección mas rápida, fácil y efectiva que he tenido en mi vida. Desde ese entonces el mar formó parte de mi vida. En la suya llevaba una eternidad y hasta había hecho mella en su salud, estaba prácticamente sordo por la pesca submarina, pero aún así decía que no podía vivir sin él, que lo habría hecho de nuevo si tuviera la oportunidad.
La pesca pasó a ser una actividad extra académica. Todas las tardes después del cole, mientras el agua no estuviese turbia, en las rocas de la playa nos podían encontrar a los hermanos cogiendo caracoles y mejillones mientras él se sumergía con su arpón. Al pasar de los años fuimos creciendo y nuestros intereses cambiaron; sin embargo, él a medida que envejecía le era más placentero, a pesar que las capturas fueron escaseando con el tiempo.
A los chicos nos llamaba ‘’Los malos’’ y a las chicas ‘’Las malas’’, esto solo como apodo cariñoso porque siempre fue muy amable y respetuoso con nosotros, de hecho nos invitaba a estudiar y aprender idiomas siempre animando a recorrer el mundo como lo hizo. Había viajado por decena de países, aunque su anhelo de pescar en la barrera de coral de Australia nunca se cumplió.
Conservaba libros con fotos a color de Santander, su tierra natal. ‘’Nunca conoceréis nada más bonito que Santander’’, nos decía. Unos años mas tarde lo confirmaría y hasta el sol de hoy me sigue pareciendo la ciudad mas hermosa de España.
La inteligencia era su mayor virtud, podías hablar con él sobre cualquier tema. De niño pensaba que era el hombre más sabio del mundo porque respondía a todo lo que le preguntaras, ya fuera geografía, literatura o matemáticas. Devoraba libros y periódicos, y ese quizás es el problema de las personas que saben mucho, al poseer una gran capacidad de racionamiento entienden que el mundo no funciona como debe y por ello explotaba cuando leía la sección de política en el diario. Discutía solo, casi siempre cuando se hablaba de Chávez, y nadie se atrevía a llevarle la contraria. ‘’Me cago en todo’’, su frase favorita para dicha ocasión.
Era español , se fue en el 50 y pico a Venezuela y siempre nos contaba que llegó de noche al puerto de La Guaira y a juzgar por las luces parecía haber llegado a una costa griega. Al día siguiente el sol revelaría que todo aquello no era mas que una barriada compuesta en su mayoría por ranchos de zinc; aún así decidió quedarse y, salvo por ocasiones especiales, nunca regresó a España. Entiendo que el amor que le tuvo a mi abuela resarció aquella decepción.
Jamás soportó la arepa porque decía que en España el maíz era la comida de los cerdos, pero sentía debilidad por una empanada. Esto lo supo un amigo de mi padre y en una de tantas travesías pesqueras éste se comió su tortilla de patatas obligándole a zamparse una arepa rellena, ya que era lo que había disponible en altamar. Mi abuela siempre reía al contar esa anécdota, a él no le hace tanta gracia.
Paco Pin Gol Deportista decía que era su nombre, pero nos sugería que lo llamáramos solo Paco Pin. Fue un genio en toda regla y en gran parte gracias a él desarrollé mi curiosidad por la lectura y la escritura, también debo el vivir en este país. Gracias por tanto ‘’Malo’’.